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Parashá Bereshit

Prefacio

Honro el libre albedrío. Escribo sin prejuicios ni condicionamientos, volcando con honestidad lo que siento y lo que pienso frente al texto sagrado.

Durante siglos, interpretaciones sesgadas intentaron presentar el relato del Génesis como una justificación para relegar a la mujer. En estas páginas volvemos a la raíz viva del texto hebreo para restituir una verdad postergada: la mujer no es un actor secundario ni una sombra; es la cumbre cualitativa de la Creación y la socia indispensable para sostener la vida.

Dedico esta parashá a la Mujer en su totalidad, y en especial a aquellas que tejieron mi propia historia: a quienes fueron mis abuelas y mi madre; a mis hermanas, a mi hija, a mis nueras, a mis nietas; y a mis amigas.


La mujer: ¿autora del pecado o artífice de la evolución humana?

A lo largo de los siglos, la narrativa tradicional ha descargado sobre los hombros de Java (Eva) el peso de la culpa universal: la mujer seducida, la transgresora imprudente que provocó la caída del hombre y la expulsión del paraíso. Esta lectura no solo ha justificado el desprecio y la opresión histórica sobre la mujer, sino que ignora la dinámica interna del relato de la Torá. Cuando leemos el texto sin prejuicios dogmáticos, emerge una realidad completamente opuesta: la mujer no fue la destructora del Edén, sino quien se arriesgó por amor para dar el salto evolutivo de la humanidad.

1. ¿Un descuido divino o una pedagogía deliberada?

El relato de la Creación presenta una paradoja fundamental:

«Tomó, pues, el Eterno Elohim al humano y lo puso en el jardín de Edén, para que lo trabajase y lo guardase. Y mandó el Eterno Elohim al humano diciendo: Puedes comer de todos los árboles del jardín; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque desde el día que comas de él ciertamente morirás.» (Bereshit 2:15-17)

Cualquiera que construya una casa y diseña un balcón en altura, coloca una baranda para que nadie se caiga al vacío. Es una norma elemental de cuidado. ¿Por qué el Creador plantó dos árboles de consecuencias letales justo en medio del jardín, al alcance directo de la mano del ser humano, y se limitó a dar una advertencia verbal sin colocar una reja de protección?

Hay un detalle textual revelador en el primer capítulo:

«Entonces dijo Elohim: «Hagamos al humano a nuestra imagen, con nuestra semejanza»…» (Bereshit 1:26 — en plural, consultando a su corte o huestes celestiales).

«Y creó Elohim al humano a Su imagen, a imagen de Elohim lo creó; varón y hembra los creó.» (Bereshit 1:27 — en singular).

Hay una singularidad deliberada en la decisión creadora. Dios no protegió físicamente a los humanos de ese peligro mortal porque la prohibición no buscaba mantenerlos encerrados para siempre en la infancia biológica. 

Un padre sabe que sus hijos en algún momento desafiarán los límites; la prohibición estaba allí para establecer el marco del libre albedrío.

Quien cría y adiestra perros sabe que los animales pueden ser leales y cariñosos, pero carecen de vergüenza y de pudor moral; están desnudos y no tienen registro de ello. Adám y su mujer habitaban un estado de inocencia pre-moral idéntico: «Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban» (Bereshit 2:25). 

HaShem conocía la naturaleza del ser humano; sabía que la transgresión era una cuestión de tiempo.

La prueba irrefutable de que no hubo una ira destructiva por parte del Creador aparece inmediatamente después del juicio: «Luego el Eterno Elohim hizo vestidos de piel para Adám y para su mujer, y los vistió» (Bereshit 3:21). No es el acto de un juez despiadado expulsando a unos réprobos; es el gesto tierno de un padre que viste a sus hijos para protegerlos del frío del mundo real al que acaban de despertar.

2. El perfil de Adám: un jardinero en su zona de confort

Si analizáramos la tarea de Adám con criterios de selección y aptitud laboral, su función original era específica: cuidar y trabajar un jardín donde todo brotaba con abundancia natural. Para una labor de mantenimiento repetitivo y pacífico, no se requiere un intelecto desbordante ni una mente inquieta; de hecho, una persona con ambición intelectual o pensamiento crítico complejo se frustraría y aburriría rápidamente en una rutina estática. Adám estaba perfectamente calibrado para ser un jardinero eficiente, inocente y feliz.

Tan limitada era su visión estratégica que, teniendo ambos árboles a la vista, jamás se le ocurrió una táctica elemental: si vas a transgredir una orden para acceder al Conocimiento, primero comes del Árbol de la Vida para garantizarte la eternidad, y luego comes del Árbol del Conocimiento. Adám ni siquiera contempló esa secuencia. Vivía en la inercia del presente, sin proyección de futuro.

3. La mirada de Java: amor, riesgo y el salto de la conciencia

En este escenario entra en escena la serpiente (najash), descripta como arúm (astuta, sutil), que interpela directamente a la mujer porque reconoce en ella una capacidad de discernimiento que Adám no manifestaba:

«Entonces la mujer vio que el árbol era bueno para comer, que era atractivo a la vista y que era árbol codiciable para alcanzar sabiduría. Tomó, pues, de su fruto y comió. Y también dio a su marido que estaba con ella, y él comió.» (Bereshit 3:6)

La serpiente le asegura que no morirán, sino que se les abrirán los ojos y serán capaces de distinguir el bien del mal. La mujer analiza el árbol bajo tres parámetros: sustento material (bueno para comer), belleza estética (atractivo a la vista) y elevación intelectual (codiciable para alcanzar sabiduría).

Java mira a su compañero, a quien el texto define explícitamente como su marido (isháh), una palabra que denota una alianza de compromiso y apego profundo. Ve a un hombre dócil, limitado a la rutina del huerto, y comprende que él puede aspirar a algo más grande.

Pero hay un detalle definitorio que cambia toda la teología del relato: la mujer se jugó la vida primero.

Ella no le dio el fruto a Adám para que él probara si era venenoso; ella comió primero. Asumió sobre su propio cuerpo el riesgo de la muerte anunciada por Dios para comprobar si el fruto abría la conciencia. Y cuando constató que no caía muerta y que su percepción se expandía, compartió el fruto con su marido para elevarlo a su misma condición.

El texto bíblico había definido a la mujer como Ezer ke-negdó: comúnmente traducido como «ayuda idónea», pero cuya raíz exacta significa «una fuerza frente a él» o «una ayuda que se le opone». No fue diseñada para ser un eco sumiso de Adám, sino una contraparte dialéctica: alguien capaz de confrontarlo, de sacarlo de la comodidad animal y de llevarle la contra para obligarlo a crecer.

Estimado lector, si tu mujer te lleva la contra, es por diseño divino.

Conclusión: ¿Pecadora o artífice de la evolución?

Lejos de la caricatura de la seductora culpable, Java es el verdadero motor del progreso humano. Eligió la incertidumbre del conocimiento por encima de la placidez vegetativa de la ignorancia. Renunció a la seguridad del Edén para que el hombre dejara de ser un simple cuidador de árboles y se convirtiera en un ser moral, consciente de su desnudez, de su finitud y de su responsabilidad ética.

Quien tiene al lado a una mujer que desafía sus límites no tiene a un enemigo; tiene a su Ezer ke-negdó, a una socia de vida capaz de arriesgarse por el crecimiento mutuo. Reconocer este acto de amor y coraje primordial no solo es un acto de justicia histórica hacia la mujer, sino el cimiento indispensable para construir el verdadero Shalom Bait (la paz del hogar): comprender que la paz conyugal no nace de la subordinación, sino del respeto profundo hacia quien nos impulsa a evolucionar.

Parashá Bereshit

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